Jako no era, a primera vista, el mejor esclavo que había en el refugio. Allí había perros reales y falsos perros, algunos exigentes y ambiciosos, otros inmaduros, pero sobre todo había esclavos de mal asiento, perros que una y otra vez vuelven al refugio porque creen que existe el Amo que desean y que mientras lo buscan el tiempo se detiene para ellos, como las fotos de los perfiles, de los refugios cibernéticos. Pero cualquier Amo sabe que lo que uno desea no existe, y si eres un esclavo de verdad simplemente aprendes a dejar de desear. El tiempo pasa para todos y un solo día cautivo, a los pies de cualquier Amo serio y responsable, vale más que un año vagando por las esquinas mientras alimentas una vana esperanza.
Al lado de cada jaula había una hoja de registro. Allí podías ver el número de Amos que habían tenido, si habían sido abandonados o, si por el contrario, habían sido ellos los desertores. Era una simple estadística porque las razones de los abandonos o las deserciones había que descubrirlas a través de la actitud del propio animal. Lo sorprendente era que el registro de Jako estaba completamente vacío. Ningún otro esclavo tenía un registro tan limpio.
Consulté al perro alfa, responsable del refugio, la razón por la cual el perro que se llamaba Jako tenía un registro sin datos.
—Este perro nunca he tenido dueño —me dijo— ¿Está usted interesado?
Asentí, sin decir nada.
—No se lo recomiendo —continuó— Es un perro difícil. Se mueve entre dos extremos y hay que ser muy paciente con él.
—Pero parece que demuestra gran actitud —dije
—Sí, es verdad. Demuestra siempre gran actitud cuando está aquí.
Entonces me contó que la jaula de ese perro no tenía llave. Que era un perro que necesitaba la libertad tanto como la pertenencia, pero que no podía renunciar a ninguna de las dos cosas. Por eso llegaba al refugio cuando sentía la necesidad de ser propiedad. Estar en el refugio le confería de alguna manera la categoría de objeto a la venta que él tanto anhelaba. Pero apenas alguien lo compraba, se asustaba y huía.
No era la primera vez que me encontraba con un perro que huía. En los registros de algunas jaulas aparecía mi nombre. Yo también he tenido esclavos que un día desaparecieron sin dar explicaciones, y algunos de esos perros ahora estaban mirando misbotas, tal vez lamentando su comportamiento o tal vez no. Tenía claro que no todo lo que estaba encerrado era un esclavo aunque se denominara así en su registro. Esos perros fugitivos habían perdido mi respeto como esclavos. No porque se hubieran marchado, sino porque lo hicieron sin humildad ni respeto, olvidando su rango inferior. No necesitaba más pruebas para dejar de considerarlos esclavos.
—¿Pero por qué hace eso? —pregunté al perro alfa— ¿Por qué huye ese perro?
—Es difícil saberlo. Tal vez ni él mismo lo sepa. Los perros se mueven por instinto. Tal vez su capacidad de entrega es tal, que teme por su propia integridad física y emocional.
—No lo entiendo —dije—Si un perro siente desconfianza es responsabilidad del Amo quitarle esos miedos.
—Generar confianza tampoco es fácil —continuó el perro alfa— Imagínese que usted se tira de un avión en paracaídas pero deja a otro la responsabilidad de tirar de la anilla que abre el paracaídas. Hay perros que huyen antes de depositar esa gran confianza en nadie. Por eso no se lo recomiendo, Jako solo le traerá quebraderos de cabeza. Algunos Amos se lo han llevado, pero parece que no supieron comprenderlo y nunca pasó el periodo de prueba con nadie. Lo conozco bien a ése Jako.
Nunca me han gustado las cuadras porque no todos los perros son iguales, como tampoco me gusta que me traten como si fuera igual a otros Amos. Un solo perro auténtico ya requiere bastante atención y dedicación para que pueda ocuparme de una manada con el rigor que creo necesario. Es verdad que hay demasiados esclavos en relación al número de Amos, pero no hay tantos que merezcan mi atención. Y entre los que me interesan son menos, aún, los que saben ver la fortuna que tienen cuando les ordeno lamer mis botas.
—¿Por qué dices que lo conoces tan bien?
—Porque es un perro de la misma especie que yo. Fiel y resistente, pero el control que se ejerce sobre él debe ser rígido, exigente, estricto y duro, pero también invisible cuando el esclavo necesite alejarse. Hay que convencerle de que no es un perro normal, sino un perro tal vez, diferente de lo que busca un simple Amo, pero que no por eso es un mal perro.
Me preguntaba si Jako era consciente de su fortuna cuando me detuve frente a su jaula. Cuando lo ví agachar la cabeza y mostrarme, a través de los barrotes, una inferioridad que lo diferenciaba del resto. Su servilismo era tan manifiesto que uno casi olvidaba que ese perro podía hablar. La mayoría de los esclavos de las otras jaulas me habían mirado altivos y con la desconfianza típica de los perros abandonados. Jako no solo bajaba el hocico, sino que además mostraba su cuerpo desnudo con humildad natural, poniéndose ya a cuatro patas, ya de rodillas, ya de espaldas, y solo para que mis ojos pudieran acceder a cada pliegue de su piel. Los otros perros, tal vez por desidia o pereza, apenas levantaban sus rabos para que pudiera inspeccionar lo que no era visible, como si algúna brizna de los derechos de los que un día gozaron aún residiera en sus cerebros animales.
Me acercaba a las otras jaulas lo suficiente para que los esclavos pudieran observar mis botas. Aquella era la primera comprobación. Todo principio comienza en las suelas que me sostienen. Saber adorarlas es el único comienzo. Comprobé que muy pocos de aquellos medio hombres miraban mis botas con el respeto que merecen. Mis pasos rotundos, casi marciales, solo les inspiraban temor y tal vez miedo. No necesito sentir el miedo en un perro para comprobar su fidelidad. El temor, muchas veces, anula el respeto y elimina el goce que debería suponerles saberse sometidos.
—Y, según tú, cuando ese perro huye ¿qué hace? —pregunté intrigado—¿Vuelve al refugio?
—Yo creo que Jako desaparece durante un tiempo. Vuelve a su rutina diaria convencido del sinsentido que tiene ser un esclavo. Durante esa época fortalece de nuevo su ego, su independencia, su autonomía. Se instala en la comodidad de ser libre y normal. Hace oídos sordos a su llamada interior y llega a convencerse de que no quiere lo que realmente anhela.
—¿Y qué es lo que anhela?
—Ser propiedad de un solo Amo. Ese perro quiere ser pertenencia y propiedad.
—Ésa es la máxima aspiración de un gran perro.
—Sí, pero no es la de muchos Amos. No hay tantos que disfruten con la pertenencia. Tener una propiedad es una gran responsabilidad y vivimos en una época donde priva la urgencia, la comodidad y la inmediatez.
El perro alfa me parecía un perro listo. Hablaba con seguridad sin olvidar en ningun momento dónde estaba.
—Tal vez si buscara solo sesiones puntuales —dije dubitativo— sin compromisos duraderos, como hace la mayoría, sesiones para pasar el rato, pues que le iría mejor.
—Pero si ese esclavo es como yo, le puedo decir que no se sentirá satisfecho solo con eso. Es un perro que quiere ser propiedad, pero le cuesta aceptar las servidumbres que exige ese estado.
Tengo que decir que soy muy sensible a la arrogancia de quien solo puede ser humilde. Mientras caminaba delante de sus jaulas, algunos perros del refugio, como si fueran hombres libres, buscaban su placer observando con descaro otras partes de mi cuerpo, sin darse cuenta de que mientras buscaban ese territorio vedado, ellos mismos se estaban negando la posibilidad de servirme. No soporto la insolencia de los que solo pueden mirarme desde abajo. El suelo es su nivel y mis botas el único lugar hacia donde les permito dirigir la mirada si quieren verme.
—Es difícil entrenar a un perro así, pero no es imposible —dije— Los perros son perros porque eso es lo que son, cualquiera que sea el contrato entre el Amo y el esclavo. Ese arreglo es algo privado y muy subjetivo en mi caso. Quiero decir que no hay una norma de lo que debe ser el acuerdo. Lo único que está claro es que un perro nunca es igual a mi y que todo tiene que estar negociado. Es verdad que nunca hay dos seres humanos iguales en cualquier aspecto de la vida. Incluso puedo afirmar que en algunos aspectos un esclavo puede tener más experiencia que su Amo, sin que eso menoscabe su rango inferior. Tanto el Amo como el esclavo son seres humanos, solo que uno acepta que su deseo es someterse al otro.
—Solo un Amo con una gran consistencia puede aceptar la responsabilidad que conlleva ser propietario. Su generosidad debe ser grande, pero si este perro es como yo, puedo asegurarle que se verá recompensada.
Miré el reloj.
—Se me hace tarde —dije
—¿No se lleva a ningún perro?
—Tengo que pensarlo bien. Supongo que la mayoría de estos perros estarán aquí mañana.
—Y también dentro de una semana, se lo puedo asegurar, me dijo el perro alfa
—¿Y tú tienes Amo ahora?
El perro alfa guardó silencio.
—Tuve un Amo —dijo— Un solo Amo. Hasta que lo conocí, nadie había intentado comprenderme ni entender mis razones. Porque un perro necesita razones en las que creer. No sé si usted es uno de esos Amos que dicen que un perro no debe pensar, pero si yo no pienso me vuelvo loco. Un esclavo no debe luchar contra su naturaleza innata. Pero utilizamos la mente para luchar contra esa naturaleza. No existen demasiados modelos en esta sociedad que nos permitan vernos reflejados sin pensar que somos unos depravados o unos pervertidos. Pero no debemos usar la mente para luchar contra nosotros mismos. Pienso que debemos utilizar la mente para aceptar nuestra naturaleza.
—Si un hombre es un esclavo debe encontrar al Amo que merece, pero nadie debe hacer por sí mismo algo para lo que no está capacitado. Un esclavo está guiado por una luz interior en algún lugar de su inconsciente. Y ese faro es el ideal de un esclavo sin límites ni condiciones. Un esclavo durante el entrenamiento descubre que a medida que elimina los temores y los miedos la felicidad de la entrega crece y crece.
Antes de abandonar el refugio, fui de nuevo a ver a Jako. Nada más verme se me ofreció de nuevo en toda su vulnerabilidad. No le quitaba ojo a mis botas. Acerqué el pie al barrote y dejé que lamiera la puntera. Lo hacía con avidez y deseo mientras le acariciaba la cabeza. Lo imaginé con dormido con grilletes en los pies.
Al llegar a casa, la puntera aún estaba húmeda.
—Ese hocico tiene buena saliva, dije en voz alta, antes de quitarme las bota y lanzarla sobre la jaula que tengo a los pies de mi cama.

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