1
El muchacho llamó al portero automático cuando yo aún estaba tirado en el sofá. Por supuesto que no quería levantarme y me puse a mirar, como de costumbre, la pintura de Klimt que ocupaba gran parte de la pared del salón. Dánae hecha un ovillo, acurrucada sobre si misma, cerraba los ojos mientras Zeus convertido en lluvia de oro cubría todo su sexo. Se dice que de esa concupiscencia dorada nació Perseo, uno de mis asesinos favoritos. Ese cuadro resumía con fidelidad ancestral el principal de mis deseos. Un deseo que había empezado a germinar en mi mente apenas hubo sonado el portero automático. Pero el destino había decidido ya por mí y no iba a poder satisfacerlo con el desconocido que acababa de llamar a mi puerta. Habia aceptado esa negativa a regañadientes, casi enfadado, lamentando el día en el que me inicié en esas prácticas divinas.
A la tercera llamada me levanté con desgana. Busqué uno de mis oratorios favoritos, Israel en Egipto y lo introduje en el lector de cds. Luego encendí el amplificador, pero aún era pronto para la música. Necesitaba silencio. El brillante cielo de la mañana ahora estaba cubierto de nubes y yo mismo me sentía un poco encapotado, como el tiempo mismo.
—¿Quien coño eres? – dije después de descolgar el teléfono.
El tipo no me contestó. Eso significaba que había leído el contrato que le había enviado el día anterior. “El esclavo tiene expresamente prohibido hablar sin autorización”. Reconozco que la voz de un tío es uno de sus principales atributos y negársela me privaba de analizar, además de su timbre, su capacidad para expresarse y su dominio de la sintaxis.
—Te has adelantado, perro – dije sécamente – Espera ahí hasta nueva orden.
Mientras me vestía escuché el primer trueno. La lluvia golpeó con fuerza el techo de mi casa. Sonreí al dame cuenta de que en la calle no había ningún lugar donde pudiera resguardarse mi cachorro. Lástima que las tormentas de verano sean tan breves, pensé.
Cuando dejó de llover llené una botella de agua y la puse sobre la mesa del salón junto a un pequeño embudo de plástico. Entonces abrí el portal.
—Tercero H —dije.
Tenía una duda. Tal vez el tío se hubiera marchado. Tal vez su orgullo de chulito pudo con él y había abandonado la posibilidad. Porque todo hasta ese momento era una enorme posibilidad que solo un precario equilibrio entre nuestras respectivas actitudes transformaría en algo real. Lo real. Esa palabra que tan a la ligera se usa en Internet es un vocablo peligroso.
Un minuto después llamaron al timbre.
Era el perro bajo la lluvia. Guapo. Más guapo de lo que me esperaba, ligeramente rubio y muy delgado. Una incipiente barba casi pelirroja le cubría las mejillas y el labio superior. La camiseta empapada se le pegaba a los pectorales marcándole unos pezones prominentes pero vírgenes. Las zapas manchadas de barro serían lo primero que iba a limpiar con su lengua. Tenía las manos en la espalda y no me miraba a la cara. Me regocijaba comprobar que se había leído cuidadosamente todas las cláusulas de nuestro contrato y las cumplía una a una. Las bermudas también estaban mojadas. Me había demostrado ya su obediencia y podría asegurar que no llevaba ropa interior. El rabo, también empapado, parecía contento entre tanto bolsillo, pero esa felicidad le iba a durar poco cuando probara la ferocidad de mis botas. Le miré a la cara. Tenía la mirada baja como si su alegría estuviera caída a mis pies. El agua de la lluvia aún resbalaba por sus mejillas y la boca dejaba a la vista sus imperfectos y blancos dientes. “La boca siempre estará entreabierta” Esa cláusula se la escribí expresamente a él porque yo amaba sus dientes desde el primer momento en el que vi su sonrisa en aquella foto que me envió a través del messenger. Siempre amo los dientes de mis esclavos. Sentir que sus orificios están a mi disposición es el principio de la propiedad. Prefiero la boca antes que cualquier otra entrada a su cuerpo. La boca es, además, el receptáculo de la voz, un sonido que me subyuga y que aún no había escuchado. Llenar la boca de un esclavo de lapos, de rabo o de mis nutritivos fluidos es una forma de doblegar su alma. El alma a un hombre sólo se le escapa por la boca.
Tuve entonces un acuciante deseo de besarle, de probar su lengua, de sentir el lacerante roce de sus dientes, de desposeerlo del aire que respiraba y darle mi propio oxígeno. Pero no lo hice. Solo acerqué mi lengua hasta su mejilla y bebí unas gotas de lluvia que, lejos de aplacarla, solo consiguieron avivar mi sed.
Y todavía era pronto para empezar a beber.
2
El perro no dejaba de mirar la botella y el embudo. No lo hacía porque tuviera sed, sino por todo lo contrario. Me había tocado un perro al que no le gustaban los deportes de agua, y ya he dicho que son mis favoritos. Acepté sus limitaciones, también lo he dicho, a regañadientes. Siempre acepto los límites de mis perros porque un límite no es negociable, a no ser que el acuerdo implique sobrepasar ese límite. Y el puto pelirrojo había dicho muy claro desde el principio que no aceptaba tragarse mis meos. Ni siquiera que usara su boca como recipiente. Los dioses se reían de mi otra vez. Me enviaban una boca silenciosa, una gruta habitada por dientes perfectos que yo no podía profanar con la lluvia y solo cuando uno se hace lluvia se convierte en dios.
Acepté ese límite, pero usaría al muchacho para todos los demás juegos con el agua y sus derivados.
Me bastó pellizcarle la camiseta mojada para que él supiera a qué estaba esperando. El chico me miró y me alejé dos pasos, porque quería ver cómo lo hacía.
—Sin prisas, chaval. Tenemos toda la tarde.
Y antes de que quisiera darme cuenta ya estaba la camiseta en el suelo. Me acerqué de nuevo atraído por la palidez de su piel. Sus pezones oscuros aún seguían húmedos. Esta vez los aprisioné entre mis dedos sin ninguna consideración. Su respiración se agitó pero el muchacho no emitió ningún gemido.
Esa economía de sonidos me excitó aún más. Sabía que él no aguantaría mucho esa calma. Fui al dormitorio a por las cuerdas. Me situé a su espalda y levanté sus brazos hasta que sus manos estuvieron en su cintura. Una vez le hube atado las muñecas y los codos en paralelo, regresé a sus pezones que ya mostraban los primeros síntomas de fatiga. Mis dedos amasaron sus tetillas como si fueran de barro. Su boca se retorcía y de vez en cuando me obsequiaba con la terrible visión de sus dientes. Esa boca a la que hubiera destinado el mejor de mis lapos seguía sin pronunciarse. Entonces, sin que mis dedos dejaran de trabajar, le dí un golpe seco con la rodilla en la entrepierna. No se lo esperaba y gruñó mientras se inclinaba hacia delante.
—¿El recluta quiere decir algo? Aquí no se puede hablar. ¿Acaso lo has olvidado? Mantente firme, cabrón.
Cuando las tetas ya estaban suficientemente coloreadas les colgué las pinzas. El mordisco metálico le hizo gemir de nuevo. Fueron dos lamentos hermosos en el silencio de mi apartamento.
—¿Te gusta Handel?
Encendí el reproductor. El lamento de los esclavos hebreos en Egipto llenó cada rincón de la casa. Las cadenas de las pinzas se balanceaban sobre su lisa tripa como si bailaran al compás de las voces.
Había llegado la hora de bajarle los pantalones.
Me puse de rodillas. La tela mojada se pegaba a su piel. Poco a poco fui separando el tejido húmedo de su cuerpo como si estuviera desprendiendo un cascarón. No llevaba ropa interior, pero los botones se resistían a dejar visible su soldadito. La piel de la ingle, blanca y tersa de pronto se vio envuelta en una maraña de pelos
—¿Qué es esto? —grité.
El contrato era preciso en ese punto. “El esclavo debe tener siempre depilada la zona genital”. Entonces, desde esa posición inferior en la que yo me encontraba, me enseñó de nuevo sus dientes descubriéndome una amplia sonrisa. El vello de su polla era ligeramente más rojizo que el de su cara.
—Así que te gusta hacer travesuras —dije medio divertido.
Cogí una ínfima mata de vello y se la arranqué de cuajo. Los coros sagrados no consiguieron ocultar el alarido. Él continuó sonriendo.
Del resto de pelos se encargó sin dificultad la maquinilla de afeitar que se deslizaba limpiamente. El perro calzaba un buen número. Su soldadito, que iba espabilándose poco a poco al contacto con el mentol, se había convertido en un robusto general cuando terminé de secar la zona. Le dí un par de ostias al insolente rabo con los dedos. Sus rodillas temblaron. Repetí el gesto en otra dirección. El gemido, esta vez, me llegó clarísimo en el silencio del intermedio musical.
La tira de cuero negro se deslizaba con fluidez entre los pliegues de sus testículos. Como si fueran dos prisioneros los inmovilicé desde todos los ángulos hasta quedar completamente separados pero enfrentados, rojos de indignación o ira. Para doblegar el orgullo del general había pensado en otra técnica. Avanzando en zigzag la correa fue subiendo deteniendo el flujo sanguíneo a su paso y asfixiando la cabeza que insolente se negaba a ceder. Era cuestión de tiempo, hermosos rombos morados habían conseguido reducir al general a un simple soldado raso.
Las bermudas seguían en sus tobillos.
—Sácate los putos pantalones —dije.
El chico obedeció y de dos patadas quedó completamente desnudo frente a mí, solo llevaba las zapas llena de barro. Su aprisionada polla era hermosa. Tenía la textura idónea para cubrirla con una cremallera de pinzas.
—Quiero ver ese culo. Date la vuelta.
El chico obedeció y comenzó a girarse lentamente, con desafío. Sobre su blanquísima piel crecía un musgo suave y rubio realzando la redondez y curtiendo, de alguna manera, ese culo casi adolescente.
— ¿No habrás olvidado como me denomino en el perfil? ¿Verdad?
Silencio.
—Responde, mamón!!!
Entonces dijo sus primeras palabras y como si cabalgaran perfectamente sobre la música, con una voz grave y a la vez dulce y descarada, pude escuchar:
—Sí, lo gecuegdo, señog!!
Tenía un apetecible acento francés que inmediatamente alborotó mis nostalgias.
— ¿Donde cojones has nacido, mamón?
—Soy de Magsella, señog.
Sentí sobre mi la mirada cruel de Zeus. Me pregunté qué había hecho para ser castigado de esa manera.
—No me des la espalda cuando me hables ¿Y, dime, qué es lo que recuerdas?
El muchacho se giró de nuevo, esta vez sin teatro de ningún tipo.
—En su pegfil, usted se denomina Amo spank, señog!!
Su voz me debilitaba como la kriptonita. Su acento extranjero había conseguido abatirme. De entre todos los perros que habitan bajo la lluvia había tenido que ser un perro francés el que llamara a mi puerta. ¿Por qué tenía que ser francés? ¿Y por qué precisamente de Marsella? Los hados jugaban conmigo. Yo que tantas veces había despreciado el destino.
Me acerqué hacia donde él estaba y recibió en silencio su primer azote. No quise reconocerlo entonces, pero era a otro a quien pegaba realmente.
3
El perro no había tenido suficiente agua con la lluvia de julio, aun le faltaba tragar algunos litros antes de que yo me sintiera satisfecho. Lo llevé al baño. La cánula de acero ya estaba en el tubo de la ducha. Puse el buttplug que tenía al lado de la esponja delante de sus narices.
—Abre—Dije y le taponé la boca de un solo viaje.
—Ahora levanta el culo, mamón.
El muchacho obedeció. Inserté la cánula en el agujero y abrí el grifo. Podía sentir como sus entrañas eran invadidas por el líquido elemento. Se puso a gemir y a negar con la cabeza.
—Claro que puedes aguantar más y vas a poder.
De pronto un chorro de agua corrió patas abajo.
—¿Ya estás lleno? Pero si todavía no has bebido nada.
Cerré el grifo y mientras esperaba le obligué a hacer cuarenta flexiones de piernas. Las pinzas, que ya formaban parte de su indumentaria, seguramente le habían adormecido los pezones. Pronto debería cambiárselas de posición. Cuando terminó las flexiones le enchufé de otra vez la manguera y comenzó a tragar de nuevo.
—¿Ves como tenías mas ganas?
Empezó a perder agua por segunda vez y cerré el grifo. Le quité el buttplug de la boca y le taponé el culo.
—Pobre de ti como pierdas una sola gota y mojes el parqué.
Volvimos al salón y le obligué a sentarse en el suelo. Apoyé su cabeza contra la tarima, teniendo cuidado de que no quedaran aprisionadas sus manos contra la espalda. De la cocina traje un pequeño embudo y se lo metí en la boca. Me senté sobre su pecho, dejando libre de tensiones la tripa
—Como sé que aún tienes sed, ahora vas a beber por ese otro agujero.
Le mostré la botella de dos litros.
—Entera —dije mientras vertía un pequeño chorro.
Comenzó a tragar poco a poco. Al principio el nivel del embudo se renovaba con rapidez, pero con el segundo litro se estancó.
—¡Traga cabrón!
Como seguía sin tragar le quité la pinza del pezón derecho.
Comenzó a retorcerse, pero sus labios aprisionaban el embudo con fuerza evitando que se derramara sobre el parqué una sola gota. Cuando escuché a la soprano cantar que los carros del faraón habían sido hundidos en el mar, se puso a tragar. Fue una travesía lenta la de este segundo litro, pero el perro vació la botella sin rechistar.
Lo puse de pie. La cadena ahora colgaba de un solo pezón. La piel que rodeaba su cintura parecía a punto de estallar.
—Ahora te toca aguantar ¿Sabes lo que es el reciclaje?
4
Liberé el otro pezón de las pinzas y lanzó otro gemido. Los senté sobre mis rodillas.
Luego mientras amasaba sus pectorales, entre jadeos, le di mi primer beso. Esa es mi forma de agradecer la perfecta sumisión de mis esclavos. Mi lengua inspeccionó cada centímetro de su boca como si fuera un recinto que le perteneciera. Él se dejaba hacer. Mis dedos entretenidos en sus pezones buscaban otras frecuencias. A veces podía sentir como su lengua se retraía ante la embestida de una uña mientras mi boca amordazaba sus dulces quejas.
Lo puse de rodillas en el suelo. Apoyé su cabeza contra el piso y até sus muñecas a sus tobillos. Su culo blanco, lleno y deliciosamente taponado, se mostraba completamente indefenso en esa posición. Poco a poco comencé a azotarlo con la mano.
Recibía el estallido de mis palmas contra su piel con un silencio absoluto. Eso me enervaba pues ansiaba oírle. Pero él mantuvo su mutismo durante la primera parte de la sesión. Sabía que el agua que le llenaba por dentro pugnaba por salir. El buttplug hacia su trabajo de forma perfecta ciñéndose herméticamente a su esfínter a medida que aumentaba la intensidad de mis golpes.
Su piel estaba coloreándose. Los golpes seguían cayendo de dos en dos o de tres en tres, a veces, de cinco en cinco. Entonces movía la cabeza, dejaba de apoyarse en la mejilla para tocar el suelo con la frente mientras su espalda se curvaba y el tapón, siempre a punto de estallar, era succionado glotonamente como un maldito chupete.
No podía imaginar lo que ocurrió a continuación cuando me dispuse a golpearle con la vara.
Adoro ese ligero instrumento de tortura. La caña o la vara tienen un lenguaje que me satisface. Si la agito en el aire me habla con un siseo cómplice. Solo tengo que poner un obstáculo en su vibrante trayectoria para que el zumbido se prolongue en un cálido lamento. El, ya coloreado, culo de mi esclavo estaba preparado para recibir veinte varazos. Sabía que a los coros de los esclavos hebreos iba a sumarse una nueva voz, bella, tersa y angustiada. Esperé la llegada de ese momento blandiendo la caña en el aire. Acariciando con ella la enrojecida piel de mi perro cautivo. Preparándole para el tormento.
—Veinte, ni uno más ni tampoco uno menos —dije—Pero antes repíteme las palabras de seguridad que están acordadas en el contrato. Porque supongo que las recuerdas.
—Sí, las gecuegdo, señog. Pgonunciagé Asul si estoy llegando al límite de mi gesistencia, pero dejo al señog la potestad de deteneg o no el castigo.
A pesar de que me había sorprendido con su prosodia de siervo ilustrado, no pude sonreír. Esa voz y ese acento eran tan similares a alguien en quien confié que solo escucharle ya me sacudía desde la base misma de mis cimientos. Pero no podía permitirme un momento de flaqueza. ¿Qué era la debilidad sino un patrimonio exclusivo de los sumisos?
—¿Y que palabra usarás para que cese inmediatamente la sesión?
—Gojo, señog.
—De acuerdo. Veinte, ni uno más ni tampoco uno menos —dije— ¿Harías el favor de contarlos?
Acaricié la redondez de su culo con el instrumento durante unos segundos antes de blandirlo en el aire tres veces. El primero fue una llamada a la puerta de una casa vacía. Porque no escuché nada.
—Es obvio que éste no cuenta —dije enfadado— Solo tú, con tus rudimentarios conocimientos de matemáticas puedes hacer realidad la promesa de que serán veinte, ni uno más, ni uno menos. Presta atención: aquel ordinal que no llegue claro a mis oídos, por encima de este coro de voces, no existe. No lo repetiré otra vez. Comienzo de nuevo.
El segundo golpe para el muchacho, pero el número uno para mí, lo lancé ligeramente acelerado, directo y firme. Primero escuché la queja contenida. El hijo de puta no iba a regalarme la expresión verbal de su dolor. Y sólo después de la respiración acelerada que oxigenaba su cerebro escuché la voz.
—Uno. Ggacias, señog.
Lo que ocurrió a continuación fue un crescendo apoteósico. Los cinco siguientes le marcaron como si la vara dejara restos de carmín sobre su pálida piel. El número seis lo dijo sin aliento.
Cuando descargué el número diez parecía que la habitación se había quedado sin oxígeno.
Me detuve a escuchar la celestial música de su respiración entrecortada.
El hijo de puta no había utilizado ninguna de las palabras de seguridad. Tenía más aguante del que me esperaba.
Acaricié su piel. Pequeñas irregularidades rojas y latentes habían modificado la lisa orografía de su culo. Mis dedos absorbieron el calor de cada leve marca como si lo necesitaran para sobrevivir.
Vi como endurecía los músculos apenas escuchó de nuevo el silbido de la vara. Pero eso no le hizo reprimir el alarido cuando la caña mordió otra vez su culo con el número once. Tampoco lo reprimió con el número doce. Las lágrimas brotaron con el trece. Los dos últimos antes de llegar al quince fueron muy seguidos. De un respingo intentó ponerse de pie sin permiso pero las manos atadas a sus tobillos se lo impidieron. Lo miré duramente. Estaba en cuclillas y se sujetaba el buttplug con una de sus manos. El llanto le empapaba las mejillas.
—Quinse. Asul —dijo— Quinse. Asul.
Besé sus lágrimas. Abracé su cuerpo menudo, poco a poco, y a cuandola convulsión de sus hombros desapareció me alejé de él y de esa atracción equivocada que mi pecho había empezado a sentir desde el primer momento en que oí su jodido acento francés.
—Vamos a continuar. Ponte otra vez en posición. Solo quedan cinco.
El muchacho volvió a ponerse a cuatro patas. Comprobé que su agujero seguía firmemente taponado. Agité la caña en al aire varias veces en todas direcciones como si estuviera defendiéndome de un fantasma. Tenía urgencia por acabar. Los varazos se sucedieron lentamente, después de cada golpe comprobaba el estado de mi sumiso. Colocaba mi mano sobre su hombro y le daba un apretón. Él me respondía rozando su mejilla sobre el dorso de mi mano. Dieciséis, diecisiete, dieciocho. Lanzaba cada trallazo como si estuviera borrando recuerdos. Después del número diecinueve, no me respondió al apretón de la mano. Esperaba escuchar la palabra de seguridad en cualquier momento cuando le dí el número veinte. Para mí fue el golpe más difícil porque tenía sus raíces en la maraña de mis recuerdos. Para él no sé como fue. Después de decir veinte, el tapón salió disparado de su culo y un violento surtidor dibujó una parábola en el aire antes de caer sobre el parquet.
5
Él tenía la frente apoyada contra el suelo y la letanía de sus disculpas me llegaba muy lejos, concentrado como estaba en la música que solo a partir de ese momento volvió a hacerse presente.
—Cállate —dije.
No había salido demasiada agua, pero una sola gota hubiera bastado para decepcionarme. Recogí el buttplug y lo puse delante de sus narices.
—Límpialo.
Ví como sacaba su lengua y la acercaba lentamente al juguete de látex. El chupete se adaptaba perfectamente al nuevo orificio. Su boca era más hermosa cuando estaba ocupada. Pero mi parquet estaba lleno de agua. De pronto empezó a limpiar con su lengua el agua derramada. No había recibido ninguna instrucción, pero lo estaba haciendo. Ese gesto me conmovió. Poco a poco la frustración fue dejando paso al regocijo. Pero algo se había roto. No sabía qué, pero una sensación de desastre se instaló en mi cabeza. Empecé a pensar en francés, como si estuviera otra vez en Marsella, como si realmente no hubieran pasado veinte años. Tal vez fuera la cercanía del mar o de los marineros, pero allí fui iniciado en el agua y sus derivados. Fui un perro francés durante tres años. Cumplí a rajatabla cada una de las órdenes que recibía de un capitán que me doblaba en la edad y en la longitud del rabo. Confié en él como debe hacerlo un perro fiel y como cualquier otro perro fui abandonado. Chien abandonné
Ahora era yo quien iba a abandonar a este perro desobediente. Tenía el ánimo alterado. Handel estaba exasperándome. Y como siempre ocurre cuando me pongo nervioso me entraron ganas de mear. Apagué la música y el perro dejó de limpiar su estropicio. El parquet aún seguía húmedo, pero ya no quedaba rastro de agua. No dije nada. Me dirigí al baño con pasos lentos. Estaba pensando en abandonar la sesión cuando escuché la voz del muchacho.
—Señor, ¿puedo hablag?
—Espera a que termine.
Ya tenía el rabo apuntando hacia la taza cuando lo escuché de nuevo.
—Con el debido gespeto, señog. Quiego hablag, antes de que haga lo que se dispone a haceg.
Me detuve. Abroché de nuevo los botones de mi bragueta y regresé al salón.
—¿Qué es lo que tienes que decirme, perro?
—Tengo sed.
Entonces descubrí sus intenciones. El perro bajo la lluvia había percibido mi desazón y quería ofrecerme un regalo. Una ofrenda valiosa pues estaba dispuesto a traspasar sus límites. No le bastaba con haber removido los cimientos de su amo con su jodido acento marsellés, sino que quería llegar a la máxima comunión que un perro puede llegar conmigo. El seguía de rodillas, las muñecas seguían atadas a sus tobillos, la boca entreabierta, dispuesta a dejarse invadir por el torrente de mi incontinencia.
No dije nada. Solo me desabroché de nuevo la bragueta. Introduje el capullo en su boca y comencé a soltar y a soltarme. Enfrente de mí Zeus también se precipitaba sobre Dánae de la misma manera que yo me hacía lluvia de oro sobre mi perro. Escuchaba cada uno de sus tragos y como un enorme globo que se desinfla, así me estaba yendo yo garganta abajo. De aquella concuspiscencia dorada no iba a nacer ningún héroe, sino que un héroe estaba desapareciendo.
Cuando me dejó seco le desaté las manos.
—Hemos terminado —le dije—puedes irte.
No mostró sorpresa. El sorprendido era yo. Nunca termino una sesión de esta forma, pero me sentía vacío, como un globo pinchado. Sentado en el sofá ví como mi perro se quitaba las ataduras de la polla y como se ponia de nuevo las bermudas y su camiseta, húmedas aún.
Le acompañé hasta la puerta.
—Adiós, señog —me dijo.
—Adiós —le respondí.
Cerré la puerta pensando en esa idea que escuché una vez, según la cual, una manera muy buena de terminar una primera sesión es pensar que podría haber salido mejor.
Volví al salón y me eché sobre el sofá. Acurrucado sobre mi, hecho un ovillo como Dánae, creo que me quedé dormido. Cuando abrí los ojos aún no había anochecido y decidí salir a la calle a respirar aire limpio. Apenas me alejé de la puerta de mi casa escuché otra vez los truenos. Comencé a caminar imaginando que mis pies seguían la misma ruta que el muchacho francés. La lluvia me golpeó. Caminaba despacio, dejando que el agua empapara mi ropa, deseando que fuera más allá y que me llenara por dentro, que me limpiara. No dejaba de pensar en el muchacho y me pregunté quién era ahora o había sido siempre el perro bajo la lluvia.

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