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Reptiles

 



Señor,


Esta noche durante la cena cada vez que mamá pronunciaba su nombre un respingo me atravesaba la entrepierna. Con la excusa de sujetarme la servilleta me he arañado el paquete hasta hacerme daño con las uñas. Todos se han reído cuando mamá, después de los postres, nos ha contado un secreto que usted, señor, no conoce. Ocurrió cuando era niña y usted acostumbraba a bañarse desnudo en la alberca. Según mamá una serpiente podría confundirse con su tremendo cacharro. Eso dijo después de tres copas de vino. ¡Tremendo cacharro!. A mí entonces la boca se me llenaba de anacondas mientras se desperezaba debajo de la servilleta, furioso, ese otro reptil que usted, señor, tan bien sabe adormecer.

Señor, ya han pasado tres meses desde mi última instrucción y usted sigue sin venir a visitarnos. Mamá y papá piensan invitarle a comer el próximo sábado. Esta carta es para persuadirle de que no falte. El próximo sábado, si usted decide traerme sus nuevos juegos, podremos hacerlos correr en mi PC mientras papá y mamá echan su siesta. Sería una buena ocasión para poner al día a este cadete que pronto cumplirá dieciséis años.

 Durante estos tres meses he descuidado los entrenamientos y el pelo me ha crecido demasiado. Prometo, señor, tener despejada la nuca para recibirle como se merece. Sé que cuando vuelva de la peluquería el número uno le va a disgustar a mi madre, pues no hay nada que más le agrade que alborotar mi pelo con sus uñas. Pero son sus dientes, señor, los que espero sentir alrededor de mi cuello mientras se me erizan uno a uno todos los pelos de la nuca.

Usted sabe que recibiré sin rechistar el castigo que merezco, que aguantaré la respiración cada vez que la palma de su mano estalle con fuerza sobre mi apretado culo. Como siempre llevaré puestos los vaqueros viejos, esos que me compré hace poco más de un año cuando mi trasero ya no era el culo de un niño. El fútbol de los sábados y el sobresaliente de este trimestre en Educación Física los han dejado pequeños, pero usted sabe como ceden las límites de una costura cuando se la trata con cuidado. Olvidaba decirle que también me pondré las botas negras, y como siempre, habré olvidado el slip.

Creo, señor,  que esta vez tendrá que utilizar sus cuerdas de seda negra para no ceder al deseo de pajearme mientras usted golpea insistente mis nalgas hasta sentir como arde mi piel. 

Desde esta noche mi garganta es un nido de serpientes que solo espera tragarse la suya hasta la base misma de donde cuelgan sus pelotas. Mi boca la llenará de saliva hasta hacerla lanzar ese veneno que se verterá sobre mi cara y mis labios. Entonces, señor,  el juego habrá terminado. 

Luego, y antes de desatarme, tal vez busquemos nuevos escondrijos para esa bestia que escupe y se arrastra. Pero eso, señor, todavía no es seguro. Todo depende de usted, ya que será absolutamente necesario, señor,  que venga vestido de uniforme. No me sirven excusas. Mamá y papá sabrán comprender por qué el tío Oscar, cuando viene a comer, nunca deja su uniforme en casa.


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